Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.
Observar los encuentros entre dos personas es una obsesión que tengo desde muy joven. Mis ojos absorben todos los detalles del intercambio como si estuvieran ensimismados saboreando un helado Magnum, con una capa de chocolate crujiente, prestando precisa atención. Alejo la mirada recién cuando mi curiosidad se satisface con llevarme una pequeña historia de lo que vi. O cuando alguien, que me conoce demasiado bien, me alerta: Basta ya, con esa larga mirada fija y descarada.
Estoy inmersa en encuentros representados en las pinturas. A menudo vuelvo a ojear en la pila de libros y tarjetas de arte, recuerdos de las visitas a museos, iglesias y exposiciones. Una balada medieval danesa cuenta la triste historia del amor prohibido entre la princesa Hellelil y el príncipe Hildebrand. Esto inspiró la pintura El encuentro en las escaleras de la torreta, una acuarela del irlandés F.W. Burton de 1864 (Galería Nacional, Dublín), que captura el adiós final: ambos mueren poco después, él en un duelo y ella de un corazón quebrado. Después de una larga inmersión en este encuentro, me vienen imágenes de seres queridos que se despiden para ir a la guerra en cualquier parte del mundo.

Como todos los escritores, Gabriel García Márquez seguramente tenía la misma obsesión. ¿Qué es lo que ve el observador? Exacto: lo que pasa en su propia cabeza. Suena obvio, pero ¿quién se da cuenta? Así nacen los prejuicios, los rumores y los chismes, pero también se forma el material para los cuentos y las novelas.
Pero Gabo va un paso más allá. Lo destilo de una de sus frases más conocidas: “Te quiero no por quién eres, sino por quién soy cuando estoy contigo”. Él observa incluso lo que pasa en sí mismo en el encuentro con la amada. Puedes fantasear sin fin cuando incluyes las reacciones que observas pasar en tu propio cuerpo: repulsión, gracia, simpatía. Nadie y nada te frena a crear una larga historia basada en lo que sabes descubrir allí, en tu propio interior, si estás abierto a ello.
De ser una mera observadora reservada –hace mil años– evolucioné a ser una persona definitivamente diferente. Ahora, las veces que salgo de la intimidad compartida, la esencia de la canción del café anterior, Me aferro, mientras me rindo, hace eco en mis encuentros con los demás.
Me veo actuar según la química y, sin pensarlo mucho, de forma espontánea y genuina. Ya no me complico tanto con presentimientos; ya no llevo ese arnés de formalidad: soy jubilada, estoy animada, estoy presente. A menudo me sorprende la cantidad de reacciones diferentes que cada otra persona puede inflamar en mi interior. Esto implica que no siempre hago caso a los modales, la discreción y el decoro. Porque, aparte de los sentimientos que surgen en cada encuentro, he de lidiar con los impulsos que se me escapen a plena luz, sin ninguna premonición.
Creo que se debe en parte a mi estado diario: el cuerpo pide mi atención mucho más que en el pasado –antes apenas me daba cuenta de tener un cuerpo–. Por ello, no tengo más intención que sentirme viva en el espacio, crear un ambiente agradable y una atmósfera ligera, maravillarme de tantas cosas que nos pasan y retarme a desarrollar, en ese mismo momento, una narrativa coherente a partir de una mente fragmentada. Ya no me queda mucha vergüenza ni inhibiciones. Llevo una vida en abundancia. Aunque una parte del mundo esté en llamas, por aquí las mariposas siguen visitando las flores de girasol.
Y así sucedió que descubrí la gran gama de actitudes que llevo dentro, seguramente aprendidas a lo largo de muchas circunstancias vividas. Asumo que el chip heredado de mi madre, por fin ha sido despertado por completo: contiene agallas, gestos teatrales, el sentido de lo absurdo, el impulso a desafiar y la rebeldía.
Sin embargo, es como si estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, como un niño que recién da sus primeros pasos entre la gloria y la debacle de caer en lo absurdo. Dependiendo de quién tenga delante, me veo oscilar entre dos extremos: o me echo atrás –literalmente– o me sale una cascada de palabras, historias y recuerdos, chismes y chistes, hallazgos y visiones, condimentada con humor y bromas, durante horas. Y todos las posibles reacciones entre ambas, inclusive el silencio de la confusión, cuando me siento abrumada por muchas impresiones e impulsos conflictivos.
Mientras tanto, un fresco (un mural), pide la atención: el encuentro entre el rey Salomón de Israel y la reina de Saba, del Yemen actual, uno de mis favoritos. Fue pintado por Piero della Francesca alrededor de 1455. Tengo la suerte de haberlo visto en la basílica de San Francisco, Arezzo, durante nuestro peregrinaje para ver los frescos de Piero en las cercanías de Florencia.
Se ve el cortejo de la reina en el momento de ser acogida en el palacio de Salomón (970–930 a.C.), en Jerusalén, después de un largo viaje en camellos a través del desierto. Ella había escuchado los rumores de su enorme sabiduría y deseaba conocerlo en persona. Esperaba encontrar respuestas a sus propias dudas espirituales e intercambiar ideas sobre cuestiones relevantes para el bienestar de su pueblo. El encuentro entre los dos monarcas, cada vez que lo veo, siempre es revelador para mi.

La seriedad, el respeto mutuo y el contacto genuino entre los dos reyes siguen siendo los mismos. Hoy, ambos me transmiten un profundo sentido de consternación compartida. Es como si estuviera observando en sus rostros el reflejo de las barbaridades que ahora ocurren en la misma región, tres mil años después. Al mismo tiempo, es la proyección de mi propia tristeza ante la matanza entre vecinos y hermanos de sangre en esa región explosiva. Aunque, primero, se me puede escuchar gritar: “¡Bestias! ¡Canallas!”, seguido por la derrota de la impotencia de no poder hacer nada más que firmar protestas y peticiones en línea.
Un instituto Zen ofrece un curso de psicología basado en los principios del Zen, desarrollado por el psiquiatra japones Shoma Morita: “En lugar de querer repararte –la psicología occidental–, practicas concentrarte en lo que la vida verdaderamente exige y ofrece. Ya no analizas ni agonizas por tus deficiencias. No te esfuerces: ten fe y descubre cómo seguir el ritmo de tu cuerpo y tu mente.”
¿Será posible que uno llegue a esa sabiduría, a pesar del desvío de la psicología occidental y sin haber tomado ningún curso de meditación Zen en toda la vida?
Por eso decidí preguntarle, una mañana soleada, en la mesa del desayuno en la terraza –él se veía justo como un gran querubín–. Y le pregunté: “¿Qué clase de personalidad ves tú en mi, hoy en día?”. –Una personalidad no es la persona misma; es un invento, una creación, una ilusión, y no la tienes –dice él. –Sí, lo que tienes es una identidad, y tu tienes una identidad auténtica y madura, aún en desarrollo. Entonces me toca a mi: –Bueno, ¿cómo describirías mi identidad, pues, en los últimos tiempos? Empieza a reír suavemente, me mira y dice: –Ahora mismo eres una cabrita dando saltitos en un prado verde, al sol. Reímos, y reitero: –Una cabrita, me encanta. ¿Cómo lo adivinaste? Es justamente como me siento.
Ahora recién recuerdo, que me vino a entrevistar una estudiante de la universidad de Copenhagen, oriunda de nada menos que de Camerún, África. Una mujer curiosa y agradable, de 38 años –parecía más joven–, vino de tan lejos para grabar mi idea sobre el tema del Bienestar, nada menos que acá en Samaipata, Bolivia. Reiteró varias veces que se trataba de una tarea académica seria, mostrándome largas listas de preguntas que cubrían el tema desde todos los ángulos posibles.
Me escuchó con tanta atención en sus ojos que yo hablaba y hablaba, tanto que me salió la filosofía completa detrás de la creación de Finca La Víspera. En breve: hay que jugar, jugar, jugar con tus talentos, realizar lo que ves en tu propia imaginación e invitar a los demás a qué te acompañen de la misma manera. Se despidió muy agradecida por tanta inspiración y, siendo su gran deseo ser escritora, le deseo a Rhoda mucha imaginación.
No obstante, yo me quedé confusa: mi idea de bienestar ya no la veo aplicable ni en un país como Bolivia, ni siquiera en Camerún, y mucho menos en Dinamarca. ¿Conoces tú a alguien que sepa jugar todavía? Yo, a muy pocos...
¿Viste también el lanzamiento del cohete Artemis II para orbitar la luna? Me emocionó muchísimo, esta vez, no entiendo muy bien todavía por qué.
¿Cómo lidiar con este mundo fragmentado? Los dioses se retiraron ya hace tiempo, los reyes de hoy son locos peligrosos, no estamos listos para un liderazgo feminino, el oportunismo triunfó en las elecciones locales. Tal vez sería mejor que me inscribiera en ese curso Zen en línea. Y ahora salgo a maravillarme de la luna llena de esta noche y voy hacer compañía a los cuatro astronautas afortunados.