Café con Marga

Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.

Saudade

Recién en Utrecht me acordé de la palabra portuguesa saudade. Es gracias a Karen que la conozco, porque fue quien la usaba para expresar el mood de aquella noche, previa a nuestro viaje en abril, cuando nosotros, ya medio emborrachados, tomando cervecitas en copas de vino, festejamos nuestra despedida entre amigos. -Saudade -empezó a declamar ella-, y otra vez -Saudade -más teatral, a la nostalgia brasileña. Y me quedé enamorada de esa palabra. La repetí, la repetí, y me la llevé de viaje.

Mr. Google dice: Saudade es una palabra portuguesa intraducible que describe una profunda nostalgia, melancolía o añoranza agridulce por algo o alguien ausente, un lugar, una experiencia o incluso una versión pasada de uno mismo, combinando el deseo de recuperar lo perdido con un afecto cariñoso por ese recuerdo. En español, se traduce con términos como nostalgia, añoranza, melancolía, o la expresión "echar de menos", aunque ninguna captura completamente su matiz único.

Cuando empecé a tambalear en mi andar, la saudade ya me había envuelto en sus múltiples significados. Mi ciudad natal, Utrecht, tiene ese efecto sí o sí. Solo la hizo más fuerte. Un médico concluyó que se trataba de bursitis y tendinitis por sobrecarga de tanto caminar; la recuperación tardaría hasta seis semanas. Con fisioterapia me dediqué a la rehabilitación de mi aparato locomotor. No me salvó de los dolores ni de la rigidez: moverme cada rato era la única solución. Y me compré dos bastones de marcha nórdica, pues en Utrecht uno camina.

El motivo más importante para quedarnos allí por más de tres meses fue el último tratamiento de radioterapia para el cáncer de próstata de mi compañero. Cada vez que lo acompañaba al enorme hospital académico, veía pasar toda clase de cánceres, en todas las edades y en personas con estados de ánimo muy distintos. Al mismo tiempo, tuvimos que despedirnos de dos amigos enfermos: uno también de cáncer y el otro de todo menos cáncer, a quienes no volveríamos a ver vivos. Suena pesado, pero no lo fue. Descubrí tanta vida cara a cara con la enfermedad y la muerte.

Nos alojamos en cuatro barrios diferentes de la ciudad, según la oferta, todos alrededor del vivísimo centro antiguo de Utrecht (estatus de ciudad desde 1122 d.C.; 380.000 habitantes). Es una ciudad antigua, de mil rincones, cada uno con su propia atmósfera e historia. Explorándola esta vez a pie -antes andábamos siempre en bici-, nos topamos, cada rato, con los riachuelos, arroyos y ríos pequeños, escondidos en el opulento verde del verano. Descubrimos así el diseño original de la ciudad: las primeras casas se construyeron en las riberas. Cada barrio guarda recuerdos de los distintos tiempos en que vivía allí: desde mi nacimiento hasta los diez años; los años universitarios; y luego, ya ‘grande’, en casa propia, hasta nuestra emigración a Bolivia, a mis 34 años. Ya entiendes: la saudade fluye a menudo.

Es la ciudad donde nos reencontramos con viejos amigos y familiares. Donde nos mezclamos con la multitud de caminantes en el centro acogedor. Donde descubro -agradable sorpresa- caras parecidas a las de mis hermanas Evelien o Belle, ya años muertas. Y, como si fuera poco, tengo que sumar los encuentros casuales con tantas otras personas: en la calle, en la librería, en la biblioteca, en un café, en un parque, en el bus, en la peluquería; con estudiantes universitarias que trabajan como mozas o baristas; en el cine, en un restaurante o en un cumpleaños. Con las mujeres en especial, tan impregnadas de esa libertad adquirida o heredada gracias a la época de los años setenta, cuando el feminismo explotaba como una bomba y las mujeres, en tantas nuevas formas creativas, exigieron ser escuchadas. Disfruté de la charla abierta, la franqueza y de toda esa atmósfera de espontaneidad de la ciudad. Qué placer fue vivir en Utrecht otra vez, aunque solo por un tiempo.

Utrecht, artista: Jeroen Quirijns

Realmente tengo que decirte algo (2020) es el título llamativo de un libro de cuentos de la escritora holandesa Mensje  van Keulen. Es de mi generación de posguerra, una de aquellas mujeres que empezaron a contar, de forma cruda y bruta, lo que realmente les pasaba. Se quedaron cerca de casa: la cama, el cuerpo, las dudas, las glorias y los humores cambiantes. Fue el momento en que las mujeres de la clase media del hemisferio occidental decidieron explorar, en libros de autoficción, novelas, poemas y ensayos analíticos, lo que realmente experimentaron y el por qué.

Trataban de liberarse de la vergüenza, la culpa y los estigmas; en fin, de la mirada internalizada de una sociedad paternalista. No como víctimas, sino como heroínas y, en cuanto fue posible, con mucho humor. Y yo fui partícipe activa de esta época, antes de venir a vivir en Samaipata. Fue un periodo tan maravilloso: esa euforia y la excitación de nuevas visiones compartidas con tantas mujeres.

En Utrecht empiezo a leer Casa cargada (2025) de Cristien Brinkgreve (1949), una autobiografía sobre su matrimonio escrita después de la muerte de su marido. En el libro, ella hace las paces -sin absolverse- con una relación no siempre exitosa, en una historia muy personal, narrada con gran detalle y franqueza. Un dato especialmente picante es que Christien es una figura reconocida como escritora y catedrática emérita de sociología y estudios sobre la mujer y el feminismo. Su marido, en cambio, fue un intelectual literato y director/redactor de un canal de televisión vanguardista, famoso y emancipatorio. La narrativa gira en torno a preguntas insistentes: “¿Por qué seguimos comportándonos según los mismos roles que habíamos decidido combatir en la sociedad? y “¿Por qué decidí quedarme?”

Su conclusión: actuar como la  mujer comprensiva e indulgente y como el hombre que espera una dedicación completa a su persona -tal como había sido en su caso- está tan profundamente arraigado en nuestro ser que creemos que es parte de nuestro carácter heredado, de nuestra identidad o incluso de nuestra personalidad. Actuamos así de manera inconsciente, como si no pudiéramos hacerlo de otra forma: simplemente no lo hemos podido practicar o nunca vimos otros ejemplos.

O nos falta la fuerza -el coraje más bien-, porque creemos que debemos salvar la vida que ya construimos juntos, temerosos de cambios incontrolables. O somos prisioneros de las costumbres y los valores de nuestro entorno. Sin embargo, ¿dónde dejamos los sentimientos amargos, las penas? ¿Simplemente negar que existan? ¿Hacer el teatro de cortesía? ¿Callarte? ¿A qué precio?

Contrario a sus propias expectativas -esperaba indignidad y rechazo-, el libro fue un bestseller, recibido por mujeres de todas las edades e incluso por hombres. Entre numerosas entrevistas y clases públicas en la universidad, se organizó un debate público con ella, una psicóloga y una antropóloga: tres mujeres en sus setenta, reunidas en un aula de la biblioteca central de Utrecht. Tema: “Espacio para la mujer”.

Había espacio para 300 personas; vinieron 1000. Felizmente, todos pudieron participar a través de sus celulares en el enorme atrio central. Sorprendida por la intensidad de mi propia emoción al ver el video de ese encuentro, le comento a él, después de haberlo visto juntos: -Debe ser porque disfruto tanto de la franqueza de esas tres mujeres de mi edad, compartiendo y regalando sus experiencias con tanta convicción y humor; porque me reconozco en ellas y me hacen falta.

Concluyeron que las experiencias y los consejos de mujeres experimentadas están en gran demanda. Vivimos en un tiempo en el que la libertad de decisión y el espacio permitido a la mujer vuelven a estar bajo presión. El aumento considerable de los hombres alfa y de las tradwife influencers en las redes sociales, tampoco ayuda. “Que estén alertas”. 

Ahora, de regreso a Bolivia, sigo leyendo los libros de la nueva generación de escritoras bolivianas, muchas de ellas galardonadas, uno tras otro. Mi intención principal es acercarme a la mujer boliviana de clase media, en búsqueda de sus verdades. Estoy fascinada, impresionada y convencida del gran talento y la imaginación de cada escritora. Disfruto de sus novelas, de los cuentos cortos y de las crónicas del periodismo narrativo; son audaces y, en muchos casos, vinculados a la variedad de clases, rangos y situaciones vividas en Bolivia, aunque ellas viven mayormente en el exterior.

Recuerdo haber leido el libro de Domitila Chungara, la mujer activista y feminista minera: Si me permiten hablar de 1978, redactado por una redactora extranjera. Sin embargo, hasta ahora no he encontrado -¿tal vez existe?- un relato personal de una escritora del tipo: Realmente tengo que decirte algo. Para mí, muchos de estos textos resultan aún demasiado literarios: al parecer, están en busca del reconocimiento y la aprobación académica, históricamente concedidos -y solo hace poco- a escritores masculinos latinoamericanos.

Como estoy convencida de que cada una tiene una historia válida, digna de mi curiosidad, insisto: necesito escucharlas así, crudas y brutas. Seguramente tienen sus razones; incluso esas quiero escuchar. Pues bien, empecemos por ahí.

Poco después de Navidad bajé de mi colina, primero a la cocina del café y luego al herbolario y a la lavandería de la finca. Allí trabajaban, en total, unas quince mujeres en ese momento. La mayoría tiene hijos desde la adolescencia; algunas también maridos, y muchas llevan ya largo tiempo con nosotros. Vivíamos con ellas las ‘novelas’ bien conocidas del amor verdadero, seguido por la desilusión, los ‘accidentes’, las borracheras, las luchas, las denuncias, los perdones y las clemencias, las nuevas oportunidades y las decisiones claras de mujeres fuertes, cada vez más convencidas de sus propios valores.

Ya no soy su jefa en la práctica, soy la fundadora envejecida de la finca. Disfruto de lo que me preparan y les agradezco por su dedicación. Me fui, sin mucho pensarlo, a abrazarlas a cada una, aparte. Sus cuerpos suaves y redondos me recibieron y me llenaron de un tierno cariño feminino que probablemente buscaba. Mi orgullo en ellas es cada vez más grande, pese a que me ven -mas que todo las más nuevas- como una viejita sentimental rara. Si sólo supieran…

Annie Leibovitz

Leo en la revista Vogue que Annie Leibovitz, la fotógrafa norteamericana con una larga trayectoria profesional en el retrato, publicó nuevamente, después de veinticinco años, un libro de retratos de mujeres: Women (editorial Phaidon). Son retratos de mujeres con oficios y profesiones muy diversos, situadas en una amplia variedad de escenarios. Más allá de algunos retratos espectaculares mostrados en Vogue, lo que realmente despertó mi interés fue una observación de Susan Sontag en la introducción del primer Women (1999). Te la traduzco libremente al español:

“La importancia del tema es, por supuesto, que se trata de la cuestión de la mujer: Women, a work in progress: “Mujeres, una obra en progreso”, lo que no es aplicable a los hombres”. Yo, desde luego, en voz alta: “Hombres, una obra en progreso”. Es cierto: no suena, no fluye, ni tiene sentido. Es curioso. Te invito a probarlo también.

Me permito, por fin, entender que la pastilla contra el cáncer causa los tambaleos en mi andar. No desaparecieron ni siquiera después de tantos meses de ejercicios. El tamoxifeno suprime la producción de estrógeno, lo que resulta en rigidez y dolores musculares. Vivo el dilema entre volver al cuerpo firme, sano y hermoso que conozco o aumentar la probabilidad -en un  40%, tal vez- de que no vuelva el cáncer en el pecho que me quedó.

Cada noche, alrededor de las nueve, me dirijo al rinconcito donde guardo los medicamentos y suplementos dietarios que tomo a diario. Allí cometo un acto bastante macabro: empujo la pildorita fuera de la tira, de la que sé que destruye mi cuerpo de a poco. Y cada vez que me observo en ese acto, siento que actúo en una escena sacada directamente de un libro de Agatha Christie.

Alguien me pregunta: “¿Ya fuiste a tus controles?” “Si, estoy bien; hasta ahora, solo es un nódulo de menos de medio centímetro. La mastectóloga -la médica que me operó-, me dijo:” “Que vuelvas en medio año”.  “Yo le pregunto: Ajá, ¿me das medio año más?” “Sí”, dijo, “¡disfrútelo!”

Parece que vivo con un profeta en mi propia casa. Él declama frases como: “la conciencia de la impermanencia de todo en el universo”. O exclama, con una voz llena de asombro, a cada rato: “Soy tan consciente de lo que me pasa”. Y recién: “Estoy tan en el presente, de minuto a minuto; ¿será por mi edad? Ya estoy en mi octogésimo año”. Y anoche, un poco antes de dormir: “Vivimos, tu y yo, la impermanencia de la transitoriedad”. Y esta mañana, durante el desayuno: “Ahora andamos por el camino de la provisionalidad, no nos queda otra”. Y luego, durante el cafecito: “Estoy mas y mas feliz con la autenticidad con la que logré vivir a esta edad. Sé ahora que me iré con entrega.”

Al principio no me llegaba tanto; lo observaba pensando: algo le está pasando. Hasta que tuve que confesarle que, luego de escuchar esas palabras durante un par de semanas, de golpe lo comprendí: a mi me había pasado algo parecido. Me empezó a invadir una premonición, un zumbido apenas perceptible, recién llegados a Utrecht, después de tres meses de viaje. Desde que mis piernas empezaron a negarse a funcionar como yo quería, el zumbido decidió instalarse en mi cuerpo y todavía lo llevo conmigo.

Su grado de presencia varía de un día a otro; a veces llega al nivel de una alarma, cuando me siento desalentada o pierdo la paciencia. No me quiere abandonar y yo no lo quiero soltar. Es que me alerta cuando arriesgo perder el humor, lubrica la ironía, activa mi presencia y espero que aumente mi claridad mental. Cuido bien este regalo.

Decidimos que algo tiene que ver con darnos cuenta ahora -recién en serio- de que esta vida se acabara. Pues nuestro andar va saltando de una gracia a otra; hasta ahora, felizmente, juntos. 

Oye: desde lejos escucho una voz cantar las primeras líneas de una nueva canción:

Two fools on the hill,  Holding on,  While letting go; Start the music, Now, What are we waiting for?...