Café con Marga

Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.

Al chequeo

Ya nos conocen todas las mujeres de la administración. Siempre nos saludamos cordialmente; somos bien atendidos y seguimos de buen humor. Porque allí estamos otra vez, en la sala de espera del centro médico, para otra ecografía. Había sentido un dolorcito: unas punzadas, una sensibilidad tan extraña en todo el pecho derecho, que temía que ya estuviera putrefacto. Me quitaron el otro pecho hace dos años, y ¿cuántas veces se escucha que el cáncer vuelve alrededor de tanto tiempo? Muchas.

Recién hace dos semanas fuimos –solo por mí– para hacerme un eco doppler sanguíneo del cuello; hace dos meses, una ecografía de tiroides; hace 3 meses, análisis de sangre para dosificar vitamina D2/D3 y magnesio, además el estado hormonal y de anticuerpos de la tiroides; hace cuatro meses, la ecografía mamaria anterior; hace cinco meses, siete análisis distintos para conocer el estado de mi sangre, el colesterol, etcétera, junto con la medición de la densidad ósea; hace ocho meses, una mamografía…

Todo ello instruido por los tres especialistas que me monitorean desde un escáner monolítico, emitiendo ruidos monstruosos, reveló tanto mis defectos presentes como los probables futuros. Si sumo a todos los médicos y técnicos, llego a ser atendida por ocho personas; más los tres especialistas, son once los que tocan mi cuerpo, sin contar a las secretarias o asistentes que me indican donde colgar la ropa. Los resultados están todos dentro de lo normal para mi edad. Al menos, hasta esta tarde, de la que te estoy contando.

Esta vez, la mujer de turno –le calculo unos cuarenta y tantos– me comenta mientras me conduce a la salita de ecografías: “Qué linda pareja son ustedes. Me maravilla cada vez que los veo.” Yo, con una gran mueca en la cara, le respondo: “Sí, nos conocen como los chochitos.” Ella ríe, me toma del brazo y mientras bajamos las gradas hacía las entrañas del inframundo de la clínica añade: “Cada vez me da mas celos verlos así”. Al entrar en la salita de techo bajo, me suelta con un leve empujón, como si quisiera infundirme ánimo antes del veredicto.

Cada vez que estamos en una sala de espera médica, me sorprende la cantidad de pacientes que están solos: sin pareja, sin una amiga, salvo las parejitas recién embarazadas o los abuelitos con alguna discapacidad. Nadie dice ni mu ni ba. Todos permanecen ensimismados, pegados a los malditos celulares, como si les salvarán la vida. En cambio, podríamos aprovechar ese tiempo muerto para intercambiar experiencias. Si no podemos hablar sobre nuestras patologías mamarias, al menos hablemos sobre el tiempo tan caluroso todavía en invierno, la crecida cantidad de autos, o de que la misma doctora, otra vez, nos hace esperar más de una hora. Entonces, como no podemos cambiar el mundo, lo hacemos entre nosotros dos nomás, para romper la omnipresencia de esa bárbara tensión.

A los chequeos médicos vamos siempre juntos. Antes del diagnóstico de cáncer de ambos, nunca. La inquietud ante una posible metástasis decidimos compartirla desde el principio. Y no solo la metástasis: cualquier defecto o debilidad del cuerpo se presentarán en cualquier momento. Seamos realistas. Te digo: qué buena decisión fue esa. Nos regaló la posibilidad de relajarnos frente a la inquietud que provoca cualquier dolorcito extraño a esta edad. Queda la muerte. ¿Es un tema que debe tratarse en la privacidad íntima de cada uno? Ya es una presencia que me observa desde los matorrales. Como cualquier otro animalito, a veces me atrevo a acercarme a ella sigilosamente, para olisquearla o echarle un vistazo huidizo, de paso.

'Viudas leen'; pintor: Richard Boyer

Mis amigos más antiguos son setenteros. Ya hay dos viudas en mi entorno durante este último año. Y me sumergí en las memorias íntimas de dos escritoras recién enviudadas. De aquellos compañeros de tantos años, uno eligió acogerse a los últimos avances médicos para poder vivir el nacimiento del primer hijo de su hija menor. Nunca se quejaba, aunque atravesaba periodos crueles de malestar. Otros dos murieron poco a poco: varios de sus órganos vitales habían dejado de funcionar por desgaste. El último eligió la eutanasia: la muerte bienvenida.

Ayer escuchamos un podcast de un corresponsal de una plataforma de periodismo de investigación. Hace diez años, alquiló una habitación en un hogar de ancianos para vivir de cerca esa vida cotidiana. No era un geriatrico para pacientes de alzheimer ni para personas con graves discapacidades  con deficiencias causadas por un ataque cerebral. No: eran ancianos que, digamos, habían envejecido sanamente. La primera vez que comió con ellos, se asustó profundamente ante tanta desgracia de cuerpos gastados. Durante toda su estadía, compartiendo cada día en la misma mesa, no logró desprenderse de una conclusión: él nunca pudiera aceptar esa pésima calidad de vida. Decidió que no quería vivir más allá de los setenta y cinco años.

Explica que, en promedio, hoy en día es alrededor de esa edad cuando empiezan a aparecer los deterioros propios a un cuerpo envejecido. Con el estado actual de la ciencia médica –hace cien años moríamos a los cuarenta; ahora, a los ochenta: el doble– hemos logrado vivir más tiempo. Sin embargo, la calidad de vida, el placer de estar vivo, de moverse y de comunicarse, corren el riesgo de verse disminuidos precisamente por todo ese avance médico. Por ejemplo, hoy es mucho más probable sobrevivir a un ataque cerebral, ¿pero en qué estado te quedas? O, ¿qué pensar de los fármacos más recientes contra el cáncer, capaces de prolongar tu vida unos pocos meses, muchas veces en condiciones miserables? Concluyó reafirmando la misma decisión, ahora a los sesenta y siete años, y propone que, después de los setenta y cinco, uno deje de recurrir a antibióticos, vacunas, quimioterapia, reanimación, coma inducida o nuevas pruebas y escáneres, con el fin de devolverle al propio cuerpo las riendas de la vida y la muerte.

¿Y ahora qué? Sí, me queda la muerte… Anoche, antes de poder dormir, tenía algunos asuntos bien claros. A ver si logro recordar lo que me pasaba por la cabeza:

Vivir significa estar atado al tiempo. Somos seres prisioneros del tiempo, aunque no nos damos cuenta. Estamos en una vida temporal y, después de morir, somos eternos: así hablaba la gente en mi juventud católica. El universo sigue siendo, en gran medida, un gran misterio físico. Y precisamente por eso se presta con facilidad al deleite la mística, de la espiritualidad y de las invenciones religiosas, como ese Cielo poblado de ángeles voladores y de santos sentados a los pies de Dios. 

Espacio-tiempo

En cambio, la mecánica cuántica y el espacio-tiempo, las teorías desarrolladas a partir de los cálculos de Albert Einstein –entre otros–, me atraen mucho más, aunque todavía me falte comprenderlas mejor. Estoy convencida de que allí encontraremos alguna clave para el misterio de la muerte. Según la teoría del espacio-tiempo, vivimos desde el nacimiento en una realidad de cuatro dimensiones simultáneas, para siempre. Esa idea me resulta excitante: nada –un árbol, un planeta, una estrella, mis perros, la mosca, mis recuerdos– desaparece, una vez nacido. ¿Será que se debe a este fenómeno que el universo se expande? Sí, me parece una posibilidad plausible para una mente como la mía. Quienes han tenido una experiencia cercana a la muerte relatan que fue profundamente liberadora: sintieron un alivio inmenso al desprenderse del cuerpo, de la dimensión del tiempo, para entrar lúcidos en un espacio lleno de luz. Sin dudarlo, muchos habrían querido quedarse allí, en esa dimensión que les tocó encontrar.

En aquel momento recordé que había experimentado algo similar en la época en que tuve mis extraordinarios orgasmos explosivos: estaba muy enamorada. Decidí correr el riesgo de dejarme llevar hacia un lugar que desconocía y, para mi sorpresa propia, solté la natural vergüenza juvenil. Empecé a gritar ‘a todo dar’ porque, de repente, con un anhelo irrefrenable, quería escapar de mi cuerpo, para después entrar en un temeroso espacio espléndido, donde fui sumergida en un estado de éxtasis sublime… Mmmm, sí, sublime: la única palabra aplicable. Eso me llevó a recordar la expresión francesa la petite mort, con la que se designa el orgasmo por excelencia. Entonces, mientras una enorme sonrisa se dibujaba en mi rostro por el regalo de aquella deliciosa reviviscencia, me dormí satisfecha, como si hubiera logrado arrojar un haz de luz sobre la cara oscura de la muerte.

El camino hacia la muerte anunciada es otro asunto. Allí están las enfermedades; el complejo industrial farmacéutico de la medicina; los protocolos, los monitoreos, las pruebas, los experimentos… Todo ello acompañado por la esperanza y la desesperación; por el culto a la valiente batalla contra la enfermedad, como si vivir fuera una guerra; por las explosiones de alegría y las caídas en el desaliento, la ironía o el cinismo; por las últimas visitas, las últimas comidas compartidas y las despedidas. Luego llega una muerte tranquila, aceptada, hermosa, buena o, por el contrario, amarga, dolorosa y asfixiante. Después queda esperar y ver cómo los más cercanos –esposos, hijos, amigos– afrontarán la pérdida. Incluso tú mismo. Empieza entonces el camino posterior a la muerte del ser querido: la difícil tarea de encontrar la mejor manera de relacionarse con quienes se fueron y, tampoco es sencillo, con quienes se quedaron.

La muerte me acompaña de cerca desde hace más de veinte años. De algún modo la he incorporado; es decir, la muerte de los otros… Después de la muerte de toda mi familia –mis padres y mis tres hermanos menores, en el transcurso de pocos años, a causa de la vejez y de graves enfermedades–, y ya harta de vivir en aquel hoyo oscuro, sané del duelo de una manera inesperada: me tomé siete años para absorber a mis seres queridos dentro de mi propio ser. Un día me miré en el espejo… A partir de entonces, cada día descubrí un pedazo de alguno de ellos en mi rostro, en mi manera de actuar y de expresarme, hasta que dejé de ser un rompecabezas para convertirme en un ser que juega a ser múltiples personas y que, sin embargo, sigue siendo una sola: entera, más completa y enriquecida. Desde luego, me veo como un enigma que funciona, de alguna manera, en cualquier circunstancia. Me siguen llamando por mi nombre de nacimiento, mientras que yo me doy cuenta de que actuo como una hermana o reacciono como mi padre. Y cuando la ausencia de cualquiera de ellos amenaza con hacerme caer en el hoyo oscuro, me dirijo a uno de mis espejos y me devuelve la risa una de las muchas risas que he acumulado, casi siempre las más absurdas.

La doctora ecografista me lubrica generosamente con gel y pasa la sonda una y otra vez sobre el pecho y a su alrededor, mientras observamos las imágenes: yo, en el monitor colgado en el techo frente a mí; ella, en el suyo, junto a mi cabeza. No explica nada. Toca el teclado con frecuencia, casi pegado a mi oreja derecha, y guarda silencio. Veo aparecer círculos y puntos coloridos en mi monitor y decido decirle: “La vez pasada la otra doctora me fue explicando todo lo que observaba. Me gustó y me explicó que, como era catedrática en la universidad, lo hacía por pura costumbre. ¿Usted también lo es?” Y, de pronto, nace un diálogo: preguntas, respuestas, dudas, explicaciones… y todo se aclara.

Al salir del subterráneo y llegar a la sala de espera, levanto el pulgar derecho y, delante de todo el mundo allí presente, proclamo: “Manan kanchu”.  Mientras lo digo, miro directamente a la cara de la señora que espera su turno después del mío. Ella estalla en una risa entretenida y liberadora.