Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.
Es el día 34 de los bloqueos de carreteras en Bolivia. Sobre los bloqueadores escucho muchos rumores; depende de con quien hable. Van desde: “Es que a este gobierno no le gustan las cholitas”, hasta: “Buscan instalar un narco estado definitivo”, o: “Los mendigos, nunca se contentan”. Exigen la renuncia del presidente Rodrigo Paz. Su respuesta es ofrecer diálogo. ¿Será que se ha instalado un sabio en el Palacio Quemado? ¿Logrará abrir los corazones de piedra, quebrar las máscaras y cerrar las brechas? Qué, de una vez por todas, termine con todo aquello que cada vez me decepciona de casi todos los bolivianos: mantener la ilusión de que uno es diferente; de que el otro es un ajeno; de que yo poseo la razón; yo tengo el derecho, yo soy el superior, el olvidado, el generoso, el recto, el menos vicioso o el más instruido.
¿Cuándo se sienten un solo pueblo? Solo, tal vez, cuando la selección nacional pierde un partido internacional de fútbol –claro, por falta de espíritu de equipo, como de costumbre–. ¿Y cómo se sienten? Todos lo sabemos: míseros.
Amparada por una casa ovalada de tierra y piedra, sigo siendo una ajena, una forastera, a pesar de mi esfuerzo de conectarme, compartir, reír y empatizar con mis vecinos. Lo percibo en la mirada velada, la risa cortés, la timidez y el encogimiento, las excusas innecesarias, la cordialidad desmedida y, a veces, la mirada odiosa detrás de una máscara. Sea como sea, es la mirada del aquí enraizado –quien quiera que sea– hacia el extranjero, la que me concede, eso sí, todo el espacio y la libertad que necesito: este es mi lugar, una isla…casi siempre.
En gran contraste, cuando experimento un intercambio íntimo y verdadero con algunos de mis vecinos bolivianos, vivimos una experiencia milagrosa y dichosa: un alivio del aislamiento, con ambas partes en la gloria, abrazándonos con fuerza y alegría.
No asuman que, con lo anterior, quise pintar una vida dramática porque no estoy sola: juntos decidimos desembarcar en esta isla, mi marinero y yo, para vivir este experimento. Además, con cada novela o libro de autoficción que leo, me identifico o me hago amiga de los héroes, creados gracias a la imaginación de tantos autores como pueda descargar en línea. Es que allí, en los textos, los escritores se abren y comparten sus pensamientos, emociones, convicciones y experiencias a través de sus personajes. También, vemos películas casi todas las noches, y me atrevo a vivir aventuras con los protagonistas más simpáticos durante mis sueños.
Es una de mis maneras de soportar la opacidad y la reserva de mis vecinos, aislados entre sí de la misma manera. Aun así, no me resulta fácil aceptar esos rasgos poco expresivos, convencida como estoy de que sus vidas, cada uno encerrado en su herencia cultural, podrían ser más sociables y alegres, celebradas y compartidas, más allá del ámbito de la familia o de la pareja.
Luego de haber anotado este empujoncito provocador, paso una noche de pesadilla, poblada por un sinfín de encuentros absurdos. Las frases “¿Cómo estás?” o “¿Todo bien?”, seguidas de mi grito inaudible: “¿Nada más que compartir?” atormentan mi mente.
De madrugada me hablo a mi misma, exhausta, y me digo: –Querida, qué hermosas son tus fantasías; qué mundo lleno de intercambios intensos contemplas en tu imaginación. Te felicito, porque aun te pareces mucho a la joven mujer de treinta y tantos, la misma que, con tantas esperanzas, se asentó hace tiempo en esta colina andina. Sin embargo, te suplico: mire bien, ¿qué ves? Sí, gente encerrada, cada una en la celda de su propia razón, afligida por alguna vergüenza o por un orgullo equivocado. Eso no va a cambiar, al menos no mientras tú vivas; tomará tiempo: es el alimento para sociólogos.
Oye, encontré un dicho del sabio chino –el que siempre ríe, ¿recuerdas? Sí, Confucio. También, ya en la última etapa de su rica vida, él dijo: –La vejez es algo bueno y placentero. Es cierto que te apartan suavemente del escenario, pero luego te dan un lugar tan cómodo en primera fila como espectador.
Desde luego, rebautizamos la terraza para ponerle un nombre más digno y apropiado: el balcón –y estamos en primera fila–. En los días soleados de este invierno tomamos el café y almorzamos allí, con plena vista a todos los escenarios del mundo. Nuestros comentarios y críticas, la constante comunicación y el diálogo incansable entre nosotros dos, ya tanto tiempo juntos, sobre lo que vemos pasar, podrían llenar innumerables volúmenes de ensayos serios. Y reímos tanto de las situaciones que vemos ocurrir, que servirían fácilmente para elaborar un guión para un cabaret satírico, un programa para toda la noche.
Lo más delicioso que hacemos, es inventar los verdaderos sentimientos y pensamientos de los que se quedan callados. O jugar que somos ellos: primero escondiéndonos detrás de los muros de defensa de muchísimas palabras inútiles, imitando sus voces y maneras de moverse, para luego escupir palabras que, como balas, destruyen las defensas y logran llegar a una conexión verdadera. Nos causa una excitación enorme; crea una increíble creatividad que conlleva imágenes tan vivas de estas vidas escondidas –los misterios abundan– que nacen espontáneamente ideas para novelas enteras, tantas que me arrepiento de no haber empezado a escribir mucho antes, con tanto material intrigante a la mano.

En otros momentos nos invade la serenidad natural en la que nuestra casa fue construida: un Parque Nativo (2,5 has), donde, gracias a intervenciones curativas, la naturaleza original se ha recuperado ya tanto, que hablamos de un zoológico. Tantas aves como en este invierno nunca nos habían visitado antes. Ellas no solo existen, sino que viven plenamente, se comunican constantemente entre sí y nunca se quejan. Cuando envejecen, se sienten debajo de un arbusto, esconden su cabecita en el plumaje, esperan hasta caer, se tienden y, sin que nadie se dé cuenta, desaparecen. Eso quisiera también para mí.
Con ese calor fenomenal en Europa –tanto calor nunca fue registrado antes– la crisis climatológica volvió a ser noticia de primera plana. –Los gases de escape de los combustibles fósiles cubren la atmósfera de la Tierra y no dejan escapar el calor acumulado–. Lo sabemos todos. Según la mayoría de los científicos, estamos en la última fase de la humanidad.
Durante la última llamada, nuestra amiga Corien, una mujer reseca, siempre llena de ironía, con un cerebro analítico y bien versada en todas clases de energías, hasta las cósmicas, nos dio su último veredicto de la situación: –Cuidado paliativo de la humanidad, eso es lo que estamos haciendo: ustedes estacionados en América Llatina, y yo, relegada a Europa, con mis meditaciones energéticas, presenciales y en línea, una tras otra.
Imagínate que la humanidad se extingue; todo el resto iba a recuperarse y a seguir con la evolución tan cruelmente interrumpida. No estoy en contra. No va a haber internet, pero sí una buena conexión. A veces logro hundirme en las diferentes experiencias del tiempo que no son las mías: el tiempo profundo de una roca; el de un tordo o una ardilla, como máximo dos años de los nuestros; el de una abeja o una mosca:
‘Mosca’ se llama la mosca, ¿para qué darle un nombre? Ella vive solo un día, en el que debe cumplir todo aquello para lo que nació. Aquí y allá encuentra algo que comer, se busca un compañero agradable y –hale, hop– un coito rápido, una siesta en una pared en semisombra, excreta los huevecillos en la compostera y, allí, pegada a la cáscara de una banana, muere, vencida por una vida plena.
Ya estamos en el día 45 de los bloqueos. Permítanme filosofar un poquito más: ¿De dónde me viene este anhelo de que el mundo debería ser un lugar mejor? Y no solo yo, claro; la mayoría de los humanos lo quisiera. ¿Será posible que tengamos memorias antiguas, profundamente escondidas en las entrañas, de otras vidas olvidadas? Seguramente me fue prometido por mi madre; todas las madres nos susurran sus promesas mientras escuchamos su voz, su risa, sus canciones. Estoy convencida de que debe haber una promesa integrada en nuestro material genético: el potencial con el cual cada uno de nosotros está equipado y dotado ya desde la gestación. ¿Qué hago con estos pensamientos tan elevados, sentada en mi balcón, observando aquellos múltiples escenarios?
Aparece una cholita delante de mí. Ella corre, como si tuviera prisa, hacia las piedras puestas allí, en la carretera, por los compañeros. Coloca una manta colorida sobre el asfalto, se sienta encima, organizando todas las capas de su pollera; tira con fuerza a la otra manta sobre sus hombros, se acomoda el sombrero y empieza las horas de vigilia que le fueron asignadas. Tal vez recibió 300 bolivianos por hoy o por toda la semana, quien sabe. Para que su cuerpo aguante, se acuesta un rato, vuelve a sentarse, camina un poco, estampa los pies, mientras fija la mirada en la fila de cientos de camiones allí esperando. Sus ojos están vacíos. Pero en su cabeza pasa un revolcón de palabras: habla con sus cuatro hijos, que están en casa, porque no hay clases; con su madre, a quien dejó a cargo de ellos, mientras trata explicarse a sí misma: “Debo hacerlo, me da pena, además, no poder cosechar la avena antes de las noches heladas; aguanta corazón, eres fuerte, vamos a ganar, no me queda otra, asi de simple es.”
De más allá me llegan los gritos de los productores: “¡Tantas pérdidas, tanto perjuicio! El presidente tiene miedo, le falta fuerza. ¿Adónde vamos con la economía? ¡Mande al ejército, abra los cuarteles, ya es hora!”.
Por allí veo aparecer a los cívicos. Protestan por la falta de alimentos y de medios de transporte para ir a su trabajo, a la escuela o al centro médico. Un cartel, en especial, me llama la atención. Dice: ‘Mi dueño está casi en quiebra… ¡Quiero trabajar nomás!’.
De repente escucho al presidente, allí en su palacio, cuando proclama: “Los bloqueos están derrotados, ahora vamos a ordenar el país.” Él cree en su misión; veo el fuego en sus ojos, su sonrisa a medias, siente que es su deber, su llamado, su rol histórico –¿genético?–. Luego de 53 días de bloqueos, ya causó una pequeña revolución: no hay muertos del lado de su gobierno. Ve como su primera tarea enseñar a los bolivianos a comunicarse entre sí. Lo veo dar un puñetazo en la mesa y le escucho ordenar: “Quítense sus cascos, acérquense a la mesa, siéntense y ¡hablen, carajos!”.
Desprendo mis ojos de ese teatro, para aterrizar la mirada en el espanto de los edificios venezolanos aplastados por los terremotos. Como hormigas corren los rescatistas sobre los escombros y, zoom, van las lentes de cámaras para entrar en un hueco: un bebé, seguido por su madre, están a salvo. Suenan los aplausos: cada vida vale. ¿Será que necesitamos desastres primero para despertarnos?