Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.
Creo en los cafés, en el diálogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Ernesto Sabato
Para empezar este café, enciendo primero una vela y dejo evaporar una gotita de esencia de rosa salvaje en el ambiente donde siempre escribo. A pesar de la resistencia que siento –un Café con Marga no debería saber demasiado amargo–, aparecen estas palabras en el blanco virgen de la nueva página que creé en My Drive hace pocos minutos. Algo dentro de mí está a punto de reventar, busca un escape, mientras sé que lo que tanto me ocupa ni con palabras, ni con yoga, ni con masajes, ni con paciencia, ni con meditación, ni con Dios se solucionará. No veo una solución. Solo los sonidos de la música melancólica del piano me consuelan por ratos, todos los días. Estoy atrapada en los procesos largos, históricos, culturales, sociales, cósmicos, cíclicos e inevitables, en los que vivimos, tanto aquí cerca, en mi propio ambiente, como en todo el resto del mundo.
Acaso ya entiendes de qué se trata: son los temas grandes de los que todos, sin excepción, hablan: la IA, la super-IA, el calentamiento, la juventud en su laberinto, los poderes geopolíticos y la lenta supresión del libre albedrío, sin darnos cuenta. ¡Sin darnos cuenta! Y ya está pasando. Seguimos tomando el acogedor café de la tarde en los círculos de mujeres, leemos los mismos cuentos de hadas a los hijitos, nos gustan las películas románticas basadas en libros del siglo XVIII en Netflix, nos casamos tradicionalmente de blanco. Pero ya no es muy claro con qué y cómo formar a nuestros hijos, porque no estamos cableados para poder entender el mundo que los estará esperando.
De igual manera –en contra del buen juicio–, seguimos comprando nuestros autos por comodidad y dejamos matar los bosques secos chiquitanos. No por ser malos, si no solamente porque queremos mantener nuestro estilo de consumir y vivir, y nada ni nadie nos frena. Además, está programado: la posible exterminación de la humanidad por la IA y la intensificación robótica del trabajo y de las guerras. Los genocidios, la xenofobia, las deportaciones y el “Propio Pueblo Primero" ya están encaminados.

En contraste, yo no puedo seguir así, con mi estomago apretado al sentir allí el crepitar de las llamas consumiendo los árboles en el encantador Valle de Tucavaca, el pánico de los animales al escapar de su hogar, la profunda tristeza de ver el paisaje de una enorme extensión de tierra virgen reducida a cenizas aún humeantes. Y la fiebre del oro y el envenenamiento de los niños por el mercurio en los ríos, la suma indiferencia y el desvergonzado enriquecimiento de una minoría a costa de la gran mayoría.
Leo y releo libros, novelas y ensayos escritos por reconocidos escritores, preferiblemente ya viejos. Últimamente: La resistencia, un libro de cartas del argentino Ernesto Sabato, y El sueño más dulce, de la inglesa Doris Lessing, ambos con más de ochenta años en el momento de la publicación de estas obras, en 2001. Allí espero encontrar y busco ansiosamente una nueva posición para enfrentar la realidad de nuestros tiempos. Esos viejos, conscientes, sabios y vividos, deben haber llegado a aquella perspectiva que necesito urgentemente.
Sus análisis sobre el estado del mundo globalizado me suenan sorprendentemente actuales. Claro, todos esos procesos fueron encaminados hace ya tiempo. Desde entonces, la situación solo ha empeorado. ¿Tengo la capacidad de llegar a la sequedad satírica de Doris Lessing cuando describe las vidas de los soñadores de los años sesenta y setenta, como yo misma también las vivía? ¿O a la aceptación de Ernesto Sabato en la última de sus emotivas cartas, cuando opina que esta humanidad, como no la veía cambiar de rumbo, vivía sus tiempos finales, a pesar de su propia y larga vida de resistencia revolucionaria?
Leer y leer es consumir las experiencias de otros. Me da ideas y sabe tocar cuerdas reveladoras, es cierto, pero al escribir uso mi propio cerebro y desciendo a mis propias fuentes. Quisiera encontrar una respuesta que me corresponda a mí, solo a mí, con mis típicos complejos acumulados.
¿Acaso llegó el momento de que la fuente de creatividad para escribir se esté secando? Este lamento no me lleva a crear, si no que oprime la creatividad. ¿Tengo que abrir la caja nueva de acuarelas o aquella linda cajita llena de lápices de colores que me esperan detrás de mí, por si acaso, en el armario de los recuerdos? ¿Y dedicarme a pintar flores silvestres, algo que tanto me gustaría aprender? ¿O bordarlas con la seda que compraba junto con el lino fino, en los colores que tanto te atraen desde hace tiempo? No puedes permitir que se te sequen las fuentes de creatividad. ¿Por qué no abres tu diario, tanto tiempo abandonado, para liberarte de lo que te pesa, sin molestar a los demás? No, espera…de repente, una escena vivísima viene a mi mente:

Es abrumador el deseo de explotar mis talentos y buscar otros entre mis tantas conexiones para formar un equipo y escribir una ópera gótica que lleva por título El gran final. Las canciones revelan la historia exitosa de nuestra época –un brindis por el exorbitante progreso tecnológico–, con los cantantes de cuerpazos más famosos y teatrales del mundo, vestidos con coloridas trajes de brocado, satén, tul brillante y terciopelo de rojo oscuro; los pechos de las mujeres triunfantes, expuestos como trofeos; enormes sombreros con altas plumas; y todo ello acompañado de un coro de mujeres lloriqueando al estilo de la antigua Grecia, vestidas con ondeantes túnicas negras. Quiero crear una atmósfera que vaya gradualmente desde las fiestas lujuriosas, pasando por las victorias imbatibles, hasta un final macabro, bajo un espectacular y colorido light show. Y, al final, se lanza un dron desde un balcón de la audiencia y todo el escenario explota en una bola de fuego.
¿Estas loca? ¿Para qué escribir una ópera, cuando todo lo que nos llega a través de los medios ya nos da tanto teatro? Lo único que queda es esforzarme en la tarea de dedicarme a un nuevo café, sin vueltas. ¿Quién podría negar que tanto cinismo nos afecta? A mí sí me afecta. A tí también. A nuestros jóvenes que se aferran a sus iPhones. A los padres, a los educadores, a todos nos está afectando. Forma la corriente de fondo de nuestros días, sin escape. ‘El mundo está en crisis’, se escucha decir casi todos los días. ¿Tenemos que esperar ansiosos, quedarnos quietos y observar esta realidad con los brazos cruzados?
Trato de seguir con mi vida como antes, pero la maraña de mi cabeza y el dolor del cuello y de la espalda significan que estoy alternativamente perpleja, enfadada o desesperada por la falta de resistencia, por el “divide y vencerás”, con el aislamiento silencioso entre nosotros y la desconfianza en la democracia como resultado. Ni los análisis políticos en la tele, ni las opiniones populares en Facebook, ni las interpretaciones basadas en los filósofos más famosos me pueden guiar; más bien aumentan la maraña.
Quizás haya un escritor y filósofo, lo recuerdo ahora, Jean-Paul Sartre, el existencialista, que decidió pensar algo así: como Dios ya no existe, toda la responsabilidad recae ahora sobre el hombre mismo. Mier…, ¡eso es pesado! Eso es lo que en todo momento decido que debo hacer. Es lógico que esté tan cansada, estoy sobrecargada. Renuncio, lo voy a dejar.
Pasaron dos semanas. Bajo una estricta dieta de distanciamiento de las excitantes malas noticias, de disfrute del privilegio de convivir con tantos árboles que están brotando sus hojas primaverales y de simplemente escuchar las diferentes canciones de todos estos pájaros que llaman a sus parejas, supe volver a la planicie salvadora de pura espectadora. Los sueños murieron, la soñadora sobrevivió, fortalecida, más alerta que nunca.
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