Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.
En realidad, no tengo tiempo para sentarme aquí, en mi casita colina arriba y dedicarme a este café. El simple hecho de vivir –preparar comida, leer, recibir visitas, ir a caminar, hacer mis ejercicios, planchar, barrer y regar mis plantas– consume toda mi energía. Me cuesta mantenerme equilibrada, no gritar, no perder la paciencia, saber qué me gustaría hacer hoy. Imagínate si hubiera parido un par de hijos y ahora tuviera que enfrentar el deber de pasar tiempo con un cuarteto de nietos. No entiendo cómo otras mujeres, ya de cierta edad, lo hacen sin aislarse, enfermarse o vivir siempre cargadas con esa rabia inexplicable en el fondo de sus entrañas, seguramente por falta de una vida propia. Me descubro suspirando y resoplando con una rapidez alarmante que recuerda a mi abuela acogedora, cuando tuvo que atender la invasión familiar de aquella tropa de treinta y cinco nietos, antes de enfermarse.
Después de preparar el desayuno para los dos –me tocó a mí esta mañana– y barrer la terraza, fui a la cocina del Café para buscar naranjas, pan para la tarde y unas verduritas del jardín para el almuerzo. Como siempre, les mostré mi buen humor de animadora a las mujeres frescas allí presentes. Al lado, en la recepción, me encontré con la atenta y entusiasta pareja de la administración de turno –ambos me reciben como a una Reina Madre, una sensación nueva–, que me contaron brevemente los movimientos de los alojados. Ya de regreso, con mi canastita lista para subir a casa, decidí volver al Café y pedir un simple almuerzo de tortillas, porque de golpe me dije: “¡Basta, quiero empezar a escribir hoy!”.
Y desde entonces logro irme a escribir casi todos las mañanas; es una cuestión de exigirme espacio a mi misma. ¿Quién podría frenarme? Nadie más que yo. Sin embargo, cada vez es la conclusión de una lucha interna muy típica, producto del género con el que fui criada meticulosamente.
A mis veintiocho años gritaba: “¡No, no, ¡para!", en el momento supremo. Era un poco después del mediodía; el sol entraba por la ventana del dormitorio de nuestra casa. Mi amado obedecía a aquella llamada –transitoria– de querer ser madre. ¿De dónde vino ese no? Me vi andando en bici, con un hijito en la sillita de atrás y un bébé en la de adelante, baja la lluvia. Al instante supe que allí iba una madre dedicada, dispuesta al sacrificio, pero demasiado sola frente a una responsabilidad inmensa. Y entonces escuché la voz de Simone de Beauvoir: “Ten cuidado, no caigas en tu propia trampa de ilusión”. Desde luego, compramos un hermoso perro de la raza Gordon setter y dividimos la tarea de sacarlo al parque cercano, antes o después del trabajo. Los fines de semana corríamos con él por el bosque, y eso fue todo. Nunca volví a escuchar esa llamada.

Todas las mujeres bolivianas mayores de treinta años que conozco de cerca son madres. Madres solas con maridos –muchos de ellos migratorios– abundan. Las mujeres infértiles –estadísticamente, el 10%– son invisibles; sus hijos son ahijados y, a veces, adoptados. Las parejas jóvenes y profesionales optan cada vez más por un perro y un gato. Las jóvenes, con o sin novio, viven con sus papás. La mujer libre, por así decirlo, apenas existe; tal vez esté surgiendo.
Los pocos comentarios de mujeres que recibí por no tener hijos, varían entre los de las viejitas casi centenarias –sus rostros surcados estirados en una sonrisa irónica– que me dicen: “Tienes toda la razón, niña; nunca me visitan, ¡pa’qué!”. Y los de las abuelas novicias, con sus caras sonrosadas suavizadas bajo una capa uniforme de maquillaje mate, que me miran con una compasión consoladora mientras sostienen en brazos al recién nacido de su hija.
Los hombres nunca se dirigieron directamente a mí. Sus comentarios se les escapaban casualmente, con un toque de malicia o indignación, siempre en presencia de mi pareja: “La paloma muerta; la mujer lleva los pantalones; es egoísta no querer tener hijos; para una mujer es natural querer hijos; no se atreve por miedo al dolor del parto; como amigo les digo que es inaceptable que ustedes eligen no tener hijos”.
Una de mis excusas –sentía que debía ofrecer una excusa ante tanta presión– era que ya había tenido hijos: mis tres hermanos menores. Y encima había asumido el rol de ‘trabajadora social’ de toda la familia, antes de venir a Bolivia y liberarme, instintivamente, de esa posición. Ya no veo la necesidad ni obligación alguna de que una mujer explique su decisión de no tener hijos. Somos seres conscientes, con libre albedrío: ¿Cuántas veces nos han impregnado con esas palabras? Sí, estas mismas. Y en la naturaleza la palabra obligación no es aplicable; todo lo que ocurre allí, sin excepción, es natural, y nadie te juzga.
Me reencontré con un hombre joven –de la mitad de mi edad– en el cumpleaños de su madre, amiga mía. Juntos admirábamos las piezas de arte de su mujer allí expuestas, y le pregunté: “¿Cómo están ustedes dos?” Él, con toda franqueza respondió: “¡Estamos muy, muy bien! Felices, diría. Y –con un tono de incredulidad en la voz– ¡ya son once años!” Me miró pensativo y concluyó: “Debe ser por no tener hijos, ¿tal vez?” Me lo preguntó a mi, como si yo pudiera saberlo mejor que él. Como ya nos llamaban a sentarnos a la mesa con las delicias cumpleañeras, aquí va mi respuesta: “La razón de su felicidad no es la ausencia de hijos. Más bien, ustedes siguen sus pasiones artísticas y literarias; se sienten satisfechos y realizados con ello. Además, se los ve contentos, y se apoyan y se respetan mutuamente. No escuchan la llamada de tener hijos y nadie puede obligarlos. Pero te invito a imaginar en qué o cómo cambiaría su relación si tuvieran un hijo, y cómo se sentiría un niño dentro de tu relación...
A partir de que mi mamá nos anunció que no íbamos a ir de vacaciones al año siguiente, estuvimos ambas embarazadas. Cada noche, mi hermanita y yo orábamos fervientemente antes de irnos a dormir, pidiendo otra hermana bebé. Mamá engordó invisiblemente dentro de dos vestidos anchos –uno verde y el otro azul–, sin perder en ningún momento su belleza ni el buen humor. Fue la época más feliz de nuestra familia. Una vez nacida nuestra bebé, a cada rato se podía escuchar exclamar a mi mamá: –¿Dónde está esa niña? A veces sonaba preocupada, casi en pánico; sabía muy bien que había sido yo quien la había robado de la cuna. Ese era nuestro juego: nuestra bebé, mi bella bebé, para siempre.
Durante mis años de idealista concebí, junto con mis compañeros vanguardistas de aquella época, alternativas para criar a nuestros hijos. Crianza anti-autoritario, convivencia en grupos heterogéneos, basada en la ‘creencia’ política de que la familia tradicional era un ambiente asfixiante, tanto para los padres como para los hijos: esos eran los conceptos básicos. El ideal se completaba con grandes jardines de árboles viejos para trepar, huertas orgánicas comunales, comida macrobiótica, casas amplias con muchos rincones donde jugar al escondite o apartamentos construidos alrededor de un gran patio común, lleno de plantas altas que ascendían hasta el cielo de vidrio.

Era indispensable crear nuevas formas de educación escolar en las que los niños pudieran explorar y experimentar con sus talentos, sin programas fijos ni pruebas destinadas a medir su avance. Por todas partes empezamos a experimentar, a probar, a fracasar, a buscar las mejores fórmulas, y ese movimiento continúa hasta hoy, incluso en ciertos rincones de Samaipata.
Y ¿por qué no vives allí ahora, en una, por ejemplo, de estas bendecidas eco-aldeas, con hijos, nietos y compañeros del alma siempre a tu lado? Porque eres demasiado independiente y criticona. Perdiste la fe en el camino. Por experiencia sé que convivir resulta excitante y muy prometedor durante los primeros años. Con el tiempo, el idealismo y la filosofía que lo sostienen se aflojan –uno se acostumbra a todo– y los integrantes empiezan a marcharse uno tras otro. La razón de ser del experimento desaparece, a menos que surja un líder carismático capaz de mantener el fuego encendido: entonces nace el gurú, con sus seguidores, y junto con él un régimen impuesto, seguido por el aislamiento y la inevitable arrogancia –somos los elegidos– frente al resto del mundo. Me da escalofríos.
Recibimos la alegre visita de una amiga junto a su hijo quinceañero, durante cuatro días. Es la misma que nos prestó su casa en Utrecht durante seis semanas el año pasado. Ahora están en El Salar o, tal vez, ya disfrutando las vistas desde el teleférico sobre La Paz; volaron ya antes de que estallara el caos de las protestas violentas. Ella quiso mostrarle Bolivia a su hijo, el país donde encontró su espíritu libre, sin culpa ni miedo, en 2001. Fue una de los muchos practicantes, estudiantes y voluntarios, que trabajaban en la finca, durante un mes y, a veces, incluso más de un año. A los que se quedaban mucho tiempo solíamos llamarlos nuestros hijos postizos, y ellos nos adoptaban como sus segundos padres.
Tal vez ese haya sido nuestro modo de criar hijos: acogerlos recién en sus veintitantos años para impulsarlos en su propio camino, apoyarlos en el deseo de empezar a sentirse libres para hacer lo que realmente querían, desde este mundo tan ajeno y lejano al suyo. Igual que nosotros mismos nos habíamos lanzado a esta aventura liberadora: empezar de cero para crear otra forma de convivencia y colaboración con nuestros vecinos, los samaipateños.
Nuestra Narcisa parió a su hijita a fines de diciembre, y las visitamos cada mes en el aislamiento idílico de su casa, justo al borde del bosque tropical, al otro lado del río, en Santa Cruz. Durante una hora me permito asombrarme contemplando a esa criatura milagrosa: su delicadeza, su hambre grotesca, su identidad ya tan presente. La observo fijamente, sin cesar, mientras tomamos café, y ella, a su vez, mira sin descanso a su madre; ríe la niña y se mueve entusiasta al escuchar cada sonido que escapa de su boca. Luego, ella imitando, explota en una larga serie de susurros y balbuceos, ensimismada en su propio mundo, aparentemente ya tan independiente, mientras agita sus bracitos con toda la fuerza ya acumulada.

Y luego giro los ojos para absorber la nueva imagen de esa madre redondeada y suavizada, indefensa frente a las exigencias constantes de aquella irresistible criatura hermosa. Eso fue lo que ella eligió vivir, y lo hace con una convicción admirable. Veo a una mujer renacida, tan plenamente madre que le doy el nombre que, recién ahora, le corresponde: Natalia.
Sin embargo, me pregunto: ¿qué les pasará cuando la oxitocina –la hormona de amor materno, generosamente provista por el cuerpo durante la lactancia– disminuya? ¿Y cuando la madre empiece a sentir la necesidad y la comprensible urgencia de escapar de ese lugar idílico para volver a participar del gran mundo de allá afuera? Tal vez por eso ya le regalamos, hace meses, el portabebé, para que pueda ir a caminar por las terrazas de la finca a partir de los nueve meses, sin duda alguna.
Fue mi cumpleaños este mes; lo festejamos con mi sopa favorita de maní y dos deliciosas tortas grandiosas. Yo estaba sentada, contentísima, entre todos los co-creadores –La Tribu– de esta, mi casa hermosa, La Víspera. No sentí un régimen, sino una atmósfera agradable de dar y recibir: compartir, participar activa y relajadamente entre todos. No moví un solo dedo; recibí, recibí, recibí. Y, sin ningún esfuerzo, me dejé envolver por ese exquisito bálsamo de una atención genuina.