Café con Marga

Te invito a acompañarme durante la hora del café de la mañana, acá en mi cueva, con la plena vista al mundo, al irresistible más allá. Propongo venir con historias de antes y de ahora, confesiones, críticas y ensayos, de día frente a mi espejo y con recuerdos borrosos de noches veladas.

El llamado

Ya hace un tiempo que vuelvo a mirar las obras de arte surrealista de Remedios Varo (1908-1963), una española exiliada en México durante la Segunda Guerra Mundial. En su trabajo expresa escenas que exploran el subconsciente, lo místico y la metafísica. Casi siempre, su propia figura es la protagonista, abordando temas de su vida desde su infancia. Siento una conexión casi íntima con ella, una línea recta a través del tiempo: es una de mis coloridas amigas espirituales.

Por ejemplo, la obra La llamada (1961). Una selección de mis reflexiones y las de críticos de arte sobre esta obra: “Una muestra del poder del arte para conectar lo humano con lo sublime; evoca a tomar la magia en serio: mira con qué expresión convencida lleva consigo los símbolos de la alquimia; impulsa a conocer bien tu propio camino por recorrer; promueve el enfrentar cualquier obstáculo; representa una gran confianza en la inspiración del universo; habla de su propia lucha por sobrevivir en un país ajeno tras del exilio. La joven mujer llamada se muestra tan iluminada y convencida de la dirección a tomar, que me invita a abrir una puerta a mi propia historia, a los llamados que recibí: primero durante la adolescencia y luego años después".

El verdadero llamado lo veo como un momento de suma claridad, el resultado de largos procesos. No es el llamado a una cierta carrera o profesión, ni el llamado a tu destino natural de ser madre o gay –o tal vez sí, cuando hay dificultades para concebir o conflictos con el coming out. No, es algo más profundo: siempre te llega como un regalo, aunque no sepas de dónde lo recibes. Son revelaciones que aparecen en momentos de crisis o cambios transitorios. Antiguamente, desde los tiempos bíblicos hasta la Edad Media, ‘venían’ directamente de Dios. Los héroes, muchos de ellos deificados y santificados, inspirados por voces, susurros y mensajeros celestiales, nos dejaron historias embellecidas con esfuerzos, sacrificios y victorias. Es algo parecido.

En mi experiencia, es prudente tomarlos en serio. De alguna manera, sabes que te revelan la trayectoria que, justo en ese momento, necesitas. Sé que el cerebro juega con nosotros, y de la consciencia ni siquiera sabemos si es algo aprendido durante el condicionamiento cultural, si es parte del ADN o si ha sido soplada por fuerzas cósmicas. Probablemente, un poco de todo: la inteligencia artificial nos dará la explicación definitiva dentro de unos años. Sin embargo, por ahora, uno mismo es libre de decidir si, o desde donde, ha recibido un llamado. Podrías verlo como un impulso de tu instinto, el heraldo misterioso del Yo superior, un mensaje espiritual de las energías cósmicas o de una fuente genética de la historia humana olvidada; no importa. Lo principal es que te dejes empujar a ver la luz y que te atrevas a tomar un giro en tu camino o a seguirlo con nuevo ánimo.

Cuando me empatizo ahora con esa joven mujer en el cuadro de Remedios Varo, encuentro allí el alma y la gran voluntad para comenzar a VIVIR de la muchacha que fui hace sesenta años. Y eso, a pesar de los fantasmas opresivos –los reales y los nacidos de la imaginación– que me rodeaban. Durante diez años, me dediqué a ese proyecto de liberación, hasta finalmente concluirlo con la convicción de haber cumplido el propósito original: coincidir conmigo misma. Navegando por tres álbumes de fotos, las memorias, entre lindas y tristes, saltan una sobre otra:

Es a esa edad, entre los quince y los dieciséis años, cuando te planteas, una noche, ya en la cama, que ha llegado el momento de empezar a dar vida y forma a la mariposa que sientes revolotear, aun encapullada, en tu interior. Qué rígida te sientes en tantas circunstancias, como si te hubieras tragado un palo de escoba. Ni siquiera te atreves ir sola al pueblo, solo brazo en brazo con mamá. Cuando ríes tapas la boca con la mano, como si te avergonzaras de tu propia risa. Tampoco aquella misma noche de verano, te atreves levantarte de la cama para asomarte a la ventana de tu dormitorio y hablar y reír con los chicos vecinos, allí afuera. Estás convencida de que ellos te están retando a que te muestres, por fin, para ser parte de una simple charla alegre de jóvenes. “¡Eso sería normal para mi edad!” te escucho exclamar en silencio.

Es en ese momento que decides deshacerte de ese modelo perfecto de una hija mayor y de gran apoyo para tu mamá, tu rol dentro la familia; si no, nunca terminarás bien. Tienes que hacerlo con mucho cuidado, no puedes permitirte ser puberal, si no que todo el sistema familiar podría explotar. Te necesitan como pegamento. Y tú, todavía tan jovencita, dependes completamente de ellos, de su aprobación, del amor de tus adorables hermanas y de la amistad de tu hermano un año menor. Nadie se va a lastimar si logras hacerlo paso a paso, como si fueras una mosca liberándose de los hilos de una telaraña. No entiendes de dónde te llega; sin embargo, sientes ese gran ímpetu, que es tu deber empezar a salvarte la propia vida.

Aquí podría contar la embellecida historia heroica mía, pero no logro escribir una narrativa corta que haga justicia a todos los detalles, por milésima vez encontrados en el labirinto de mi memoria las últimas semanas. Estamos aquí solo para tomar el café de la mañana, no es el lugar apto para exponer diez años de vida. Lo que sí puedo mostrar son unas imágenes; te muestran claramente todo ese proceso de cambio, en una cuestión de mirar y comparar entre ‘el retrato hermoso’ (16) a la izquierda hasta ‘la vívida mujer’ (25) a la derecha: la mariposa con las alas desplegadas.

Luego, recién cumplidos los 26 años, vives sola en un barco casa en un afluente del Rin desde hace unos meses. Estás en el último año del estudio, trabajando de asistente educativo en la universidad. Al hombre más cautivador y desafiante hasta ese momento, le has declarado que él es el amor de tu vida. Te sientes realizada, reconocida y completa, a la espera para tomar tu lugar en el mundo, allí esperándote. Es entonces cuando recibes una revelación durante un sueño, que te ha acompañado hasta hoy día:

Estoy pasando el umbral de la puerta tallada de un edificio, atraída por luces y voces cantando que me invitan a entrar. Una vez dentro veo que debe ser una catedral o una clase de templo de una época antigua. Lo primero que me agrada profundamente es la luz: un suave amarillo anaranjado caluroso me da la bienvenida; me envuelve como un velo grande de tejido de gasa, ligero y delgado. Descubro que la fuente de esa luz son miles de velas, colocadas en estantes contra las paredes hasta el techo. Miro hacia arriba y me asombra el techo, que se parece al firmamento de un mismo color intenso azul de lapislázuli y pan de oro de las ilustraciones del manuscrito medieval de Las muy ricas horas del Duque de Berry.

Empiezo a caminar lentamente, paso a paso, por el medio del templo hacia adelante y veo que hay nichos grandes, igual que los altares laterales en iglesias, donde todo tipo de escenas cotidianas ocurren. Así que, andando y mirando, de pronto me pregunto si las personas allí, en cada nicho, me quieren demostrar algo. Y me doy cuenta de que los personajes principales en cada escena son mujeres ya viejas, pero todavía muy ágiles. Decido acercarme a cada escena para quedarme allí cerca un momento antes de seguir. Las mujeres me miran a los ojos, comunican sin palabras y me recomiendan asimilar todo lo que me muestran de lo que pasa en todo el mundo. Ya entiendo que soy la participante central en un ritual de iniciación.

De repente, me siento más y más pesada, y mi cuerpo empieza a curvarse hacia adelante. Me doy cuenta que algo se ha aferrado a mi espalda. Me dirijo a unas de las mujeres y le ruego que vea qué es. Me quito la blusa y siento que ella recoge algo de mi espalda. Me lo muestra: es un bebé recién nacido. Me asusta la herida que tiene en su barriguita y, al mismo tiempo, siento que tengo una herida abierta en la espalda. Le suplico que me devuelva al bebé de inmediato. La mujer alza el bebé y me pregunta: “¿Aceptas que vivir es sufrir, y que sufrir es vivir?” “Sí, sí”, grito, “ahora entiendo todo. ¡Póngamelo el bebé de vuelta en su lugar, rápido, allí pertenece!” En el momento que ambas heridas se juntan y se cierran, me envuelve una indescriptible sensación de felicidad, que, al incorporarme, no me abandonará en todo el día. Estoy convencida de que la más alta instancia universal o, tal vez, simplemente mi propia alma, me ha aceptado y acogido. Entiendo que, desde hoy, asumirá la completa responsabilidad de mi vida con todas las ganas. ¡Esto es vivir!

Otra vez nos pasó, ahora a ambos, durante el año sabático viajando de mochileros por América Latina en 1982. Luego de haber comprado una casa como pareja, habíamos encontrado nuestro camino con brío y voluntad, dentro del así llamado sector blando, un ambiente muy competitivo, igual a todo en aquella sociedad neerlandesa. Convencidos de que hacer bebés no era nuestro destino y, antes de ser apresados en carreras y la vida cómoda, decidimos conocer el mundo. Arrendamos la casa a un grupo de estudiantes y volamos a Lima.

Asumimos, antes de cruzar la frontera con el Perú, que Bolivia se nos mostraría como un país pesado, oscuro y deprimente. Al contrario, nos recibió con una luz brillante, con colores, sonrisas, hospitalidad, simpatía, aprecio, paisajes hermosos y ¡todo ese espacio! Dentro de una semana ya encontramos, de visita en el Conservatorio de Música, el nicho de trabajo seguro por toda Bolivia: la afinación y restauración de pianos, la segunda profesión de mi compañero. Ser tu propio jefe, sin que nadie te moleste o te prohíba, esa libertad e independencia total, el sinfín de posibilidades que empezó a fluir y atraparnos, ya nadie hubiera podido detenernos. De retorno, vendimos la casa, regalamos nuestras posesiones, libros, muebles, ropa, y renunciamos a los puestos de trabajo. Y otra vez volamos, ahora a buscar donde vivir en esa Bolivia encantadora, para aterrizar en Samaipata, a principios de enero de 1984.

Una vez instalados en esta colina, nos preguntamos: ¿a qué exactamente nos llamaron esas fuerzas misteriosas? ¿A qué debemos dedicarnos aquí? ¿Sabes qué? Empecemos a sembrar nuestras propias verduras. Es evidente, ¡con tanta tierra! Y luego, veremos. De esa manera, comenzamos a reencontrar el mismo sentimiento que, de niños, nos invadía al entrar al parque infantil, y así, a crear nuestro propio mundo.

No puedo resistirme a incluir algunos comentarios de familiares, amigos, vecinos y visitantes, durante los primeros años; hablan por sí solos:

“Ustedes pueden permitirse dejar todo atrás. Él es, por suerte, afinador de piano, el único profesional en Bolivia. Siempre quise eso también, están realizando mi sueño. Sin hijos, es mucho más fácil. Están huyendo de sus responsabilidades. Abandonas a tus amigos. Son muy elitarios.Tanto coraje, increíble, hermoso. Un desperdicio de tu educación. Tu me dejas sola y cargada con todos los problemas familiares. Son un par de verdaderos Errantes de Dios. Aussteiger. En búsqueda del paraíso perdido. Me decepcionas, qué egoísta. Tan lindas personajes son ustedes, es una fiesta conocerlos, gracias. ¡¿No te es demasiado aburrido vivir aquí?! Honestamente, estoy celosa de ti. ¿Acaso no se sienten muy abandonados? Por dios, ¿qué estás haciendo allí todos los días? Algo así pudieras haber realizado en Holanda también. ¿Por qué lo buscas tan lejos?, ¡Bolivia!, of all places. Es él que te ha metido en la pobreza. ¿No les es posible ahorrar dinero para volar a visitar a tu familia? Listo, ¿sabes qué? pagaré un solo pasaje, solo de ida, a tu verdadera casa, solo para ti, Marga. No quieren ver la realidad del mundo. ¿Ustedes se han ido para quedarse? Un par de psicólogos fracasados. ¿No sientes nostalgia por tu país, tu familia, tu hogar? Son muy bienvenidos a nuestro pueblo como representantes de esa raza trabajadora.”

Haré una pequeña pausa aquí; la lista es larga. Imaginándome que yo hubiera hecho caso a tantas amonestaciones, veo, por cierto, una muerte prematura, y empiezan a picarme las piernas, luego los brazos, la cara, y comienzo a frotarme el cabello. ¡No, pare! Sigamos:

“Qué sorpresa: no te encuentro degenerada. Viven en Shalom. Muy lujosa su vida en comparación con el pueblo, básicamente son neocolonialistas. ¿No tienen refrigerador, auto, teléfono? Entonces, ¿cómo llegan al pueblo, siempre a pie? ¿Y las compras? Ah, en mochila. ¿No tienen miedo con tantos insectos? ¡Y las víboras! ¿Y cómo se van a arreglar en caso de que se enfermen? ¡Y la vejez! Increíble, conocen a tanta gente en el pueblo, y tantos los saludan, que lindo. Yo había contado con que me acompañaras a viajar por Bolivia. ¿Aquella parcela pertenece a su terreno? Es que allí quisiera construir mi casa. Ustedes están totalmente aquí presentes, ¿nunca les pican el deseo de volver a su país?”

Mientras construíamos este campo de juego, aprendimos a distanciarnos de los juicios y a verlos como el fenómeno interesante que es: la proyección de la propia situación y de los sueños incumplidos. Nos cuenta más sobre quienes nos juzgan que sobre nosotros mismos.

Estos tres llamados habían sido los faros de mi existencia, hasta que un día me llegó un llamado más, de yapa: escribí el blog Memoralia bajo el nombre de Melendre, a partir de septiembre de 2019. Cuando mi participación activa en el manejo diario de La Finca fue disminuyendo, sentí el impulso de evaluar nuestra historia, combinando los temas con la actualidad, y de intimar con la lengua española. (https://lavispera.org/es/desde-mi-gabinete/). Café con Marga es la secuela. No podría simplemente leer, viajar y disfrutar de mi entorno paradisíaco, sería demasiado consumista. Me faltaría el proceso de escribir, que significa crear algo nuevo, jugar con palabras, luchar con el español, hundirme más en esta cultura latina, afrontar ciertos recuerdos y, sobre todo, compartir y descubrir que soy más.

Por que me queda una cuestión todavía: yo misma, ¿quién soy? ¿soy la misma que la “yo misma ahora" de hace medio siglo? O, ¿qué habrá pasado con aquella mariposa que logró salir a rastros de su capullo? Te aseguro que ella vive con toda su fuerza original. Pero acaso ¿eso es todo? No: mi “yo misma ahora” es un enredo, un enmarañado, una bola, un átomo siempre presente, lleno de protones y neutrones vibrantes. Se sueltan a actuar sin aviso previo, me empujan a descubrir fuentes inesperadas, me hacen afrontar las tristezas y me sorprenden con regalos hermosos. Hasta ahora, nunca dije: “Ya no más”. Absorbo todo. Encontré este dibujo coloreado de M.C. Escher,1950, La Haya: Mariposas, una cantidad infinita revoloteando hacia el infinito.

Y ahora, reflexionando sobre esa idea de recibir llamados: cada uno, tarde o temprano, afronta el reto de decidir sí vencer o no a su dragón particular. Ser el héroe de tu propia historia de vida, ser partícipe activo con tus talentos, eso es lo que desearía para todo el mundo, no solo por tu propio bienestar, sino también por el de los que te rodean y de tu comunidad. Especialmente en estos tiempos de amenaza de guerra, la crisis climática, acaparamiento de tierras y países, y rechazo de forasteros e indígenas, es fundamental contribuir a la construcción de una barrera contra el sufrimiento que los sinvergüenzas poderosos de estos tiempos planean seguir causando.

Dentro de pocas semanas nos vamos de viaje, vía EEUU, en barco transatlántico rumbo a Europa por unos cinco meses. Más allá del simple placer de viajar con solo un plan vago sobre adónde ir y cuándo volver, la idea es tomarle el pulso al mundo, empaparme de la atmósfera en las calles y tantear los sentimientos de la gente. Espero volver cargada de impresiones.

Samaipata, entre enero y marzo de 2025

Mira, el dragón. 'El mes de marzo', Las muy ricas horas del Duque de Berry.

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